cuentos y crónicas

de la milonga

 

Varón pa´quererte mucho

Este cuento pertenece al libro "Secretos de una Milonguera" 
de Graciela H. López

            Entró al salón tarde, como de costumbre, después de tomarse un café en la esquina con Pedro, hasta la una.

     - ¿Qué pasa? ¿ no vas a entrar?, dijo cuando vio que el otro se despedía en la puerta.

     - No hermano, estoy cansado y me levanto temprano, chau.

     Se quedó parado en la entrada, también como de costumbre. Le gustaba “junar” el ambiente antes de sentarse.

    

            La vio y no la reconoció. Creyó que era otra. Miró de nuevo, ya oculto entre el cortinado azul de la entrada, confundido, loco y encrespado al mismo tiempo.

    Que no se me mueva un músculo, pensó, Dios mío, que nadie se dé cuenta.

     Ella pasó bailando, los ojos un poco cerrados, linda. No, ¡calmate infeliz! Son cosas tuyas, no es. ¿Es? ¿Es ella?, no, no...Miró de nuevo. La ronda de bailarines seguía su curso, ahora había otros delante de él. Ella se perdió en medio de los demás. Refrenó un impulso loco de correr por el costado de la pista, alrededor de las mesas, para verla. Quedó pegado al piso, sin poder moverse. Entraron algunas personas, todos conocidos. Que joda hermano, si alguien se da cuenta, me muero, pensó.

     Terminó el tango, empezó otro, la divisó otra vez, en medio de la ronda. ¡Es ella, por Dios! No,  si yo algo me palpitaba pero esto nunca...

     Pensamientos encontrados, dolor de estómago. Quería tomarse un whisky como siempre, sentarse en su mesa como siempre, bailar, y que esta maldita estuviera en casa, donde tenía que estar como siempre!. La voy a reventar, va a saber quien soy.

Que linda que está, pensó con ternura, baila bastante bien. Se odió por esos pensamientos blandos que se le infiltraban en el alma. ¿De donde habrá sacado esa ropa?.

     Terminó la tanda, la gente fue a sentarse. ¿A ver que hace ahora esta degenerada?

     La degenerada se sentó con una amiga que él reconoció vagamente. Tenía delante un pocillito de café y charlaba muy animada.

    El se imaginó yendo hacia la mesa, sereno, dándole dos cuchilladas en el pecho y saliendo, derecho, erguido, impávido.  Sacudió la cabeza, tuvo un escalofrío. La degenerada se quedó sin bailar un ratito.

 Cuando volvió a salir con ese canoso alto que la apretaba, le pareció que le ponían un hierro caliente en el estómago. Estaba ardiendo de celos, de odio y de úlcera, todo junto.

     ¡Con razón la muy turra no me hacía mas escenas, con razón silbaba un tango el otro día, con razón se cortó el pelo!

Soy un boludo.

     Casi dos horas espiando, casi dos horas parado detrás de la cortina, fingiendo delante de Tito el acomodador, diciendo “hoy no me quedo, está feo”. Casi dos horas estudiando la conducta de ella, cada gesto, viéndola en brazos de otros hombres, uno y otro y otro.

     Si la pesco en un renuncio, ahí si que la reviento, pensó, casi sin querer. ¡Puta que jodido  es esto!

Capaz que Pedro ya sabía, y por eso no quiso entrar. Pero no puede ser, si ni la conoce. Por un segundo pensó en Pedro tratando de levantársela como hacía con tantas. Sacudió con mas fuerza la cabeza. Otro escalofrío

     De golpe la vio mirar el reloj, ponerse el abrigo y salir con la amiga. Se ocultó aun más. Ella pasó, rumbo a la calle, a veinte centímetros de su escondite.

 

     Después de la taquicardia, la turbulencia, el torbellino, llegó la paz. De pronto, y como un milagro, se calmó.

     Salió a la calle. Caminó despacio, varias cuadras heladas y tristes. Estaba conmovido, celoso, intrigado.

Se le apareció un tanguito en la memoria:

 

                “Varón, pa’quererte mucho

                 varón, pa’ desearte el bien

                 varón, pa’ olvidar agravios

                 porque ya te perdoné”

 

     Calculó el tiempo para llegar bastante después que ella. La encontró como siempre, blanda, tibia, dormida. Buscó rastros en el cuarto, debajo de la cama, en el baño. No encontró nada. Estoy loco, pensó.

     Estaba desconcertado. Había dos posibilidades. O bien ella no había estado en el baile y él, mente febril, se confundió y se imaginó todo... o bien... la segunda lo aterró... esta mina lo madrugaba tan justo, mentía tan lindo,  que él ni se daba cuenta.

            Fue a prepararse un whisky, porque ni pensar en dormir, estaba demasiado alterado. Miraba toda la casa con ojos sospechosos y a cada rato se encontraba con los inocentes objetos de siempre. Fue al living, levantó los almohadones, revisó los cajones del modular, el revistero. Desalentado, decidió leer el diario en el sillón hasta que le viniera sueño. Buscó hielo para el whisky y no encontró. Con fastidio, cerró la heladera de un portazo, y con el golpe tiró la panera que había arriba.

            Con un mal humor terrible, empezó a levantar todo, cuando de pronto vio una llavecita entre el pan y las galletitas que no tenía nada que hacer ahí. Siempre el mismo desorden, pensó,¿De donde será esta llave tan chiquita?. Como en un ataque de inspiración, fue hasta el lavadero, un lugar que prácticamente él no pisaba. Había un montón de ropa colgada en el tender; pasó por debajo, miró el gran armario de la pared, los estantes, la aspiradora, la tabla de planchar, zapatos viejos, herramientas en el otro costado. ¿Que estoy haciendo? un pelotudo, eso soy.

     Sin poder impedir el sentimiento de ser un ridículo, fue abriendo, una por una las puertas del gran armario de pared.

            Al abrir las puertas de abajo, llegó el hallazgo. Topó con una, la última de la izquierda, que no se abría. Forcejeó un poco, hasta que descubrió abajo de todo, muy discreta, la pequeña cerradura. Por supuesto, metió sin problemas la llave con un sentimiento indescriptible de triunfo y desasosiego al mismo tiempo.

            Eran las cinco de la mañana. Sintió que birlaba un mundo íntimo, pero era irremediable, estaba totalmente atraído. Sentado en el suelo, miró todo, como atravesado por un rayo de magia.

            Vio los zapatos de taco alto, la blusita dorada que ya conocía, una caja con maquillaje, otra, mas atrás con medias negras, dos cofrecitos cerrados que no se animó a abrir, en el fondo del estante mas ropa, doblada, nueva, impecable. No tocó nada, absolutamente nada.

            Quedó un rato ahí mirando, tratando de pensar, de imaginar, con una especie de euforia en el alma.

            Le molestaba su imparable fascinación y más todavía le molestaba comprobar que no estaba enojado. Peor aun, ¡estaba excitado! ¿Qué soy yo, un mequetrefe?   La tendría que matar.

            Cerró con cuidado, se levantó, puso la llave en la panera, arriba de la heladera. Lavó el vaso de whisky y lo guardó, todo sin hacer ruido. Avergonzado, pasó de perseguidor a sentirse perseguido. De detective a ladrón que borra sus huellas.

            No se me va a mover un músculo, ya lo dije y ni pienso mover un pelo por esto. Ahora es ella la que está en mis manos- Yo soy el que decide,  se dijo,  entre vengativo y patético.

            Se acostó haciendo ruido, no aguantó más y la tomó con fuerza, la besó en el cuello, los ojos, la boca. Ella lo fue aceptando, primero lenta, débilmente, después con inusitada pasión. Respondió con vehemencia  a ese hombre nuevo, loco, amante increíble que le declaraba su amor como nunca lo había hecho.

            El sintió la dicha de sentirse el mejor, el mas buen mozo, el mas viril, el mas hombre entre todos, deseado y buscado por esa hembra, esa mina sensual, esa mujer soñada que había aparecido en su vida.

 

            Con un poco de vergüenza al principio, después se sintió un tramposo afortunado y feliz.           

            Dichoso, distinto y enamorado, fue disfrutando cada semana del encuentro romántico que al fin y al cabo el tango le regaló.

            Eso sí, teniendo siempre la precaución de llegar a casa... después que ella. 

                                                                                             

                                                                                              
 

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No fue un amor pasajero

 Graciela H. López

Hace 25 años que  comencé una relación con él.

Lo conocía de antes, pero nunca me había llamado la atención.

Sin embargo ese día todo cambió. La seducción fue inmediata y no pude sustraerme a su embrujo. Porque creo que quedé embrujada, o hechizada.

Me pasaba el día pensando en él y en el disfrute de las horas en su compañía.

Al principio me dio vergüenza y traté de ocultarlo. Fue algo clandestino, porque pensaba que en mi ambiente no lo iban a aceptar.

Por él, muchas furtivas tardes dejé mis obligaciones y  llegué tarde a casa. Confieso que descuidé un poco a mi familia y también mi trabajo.
Pero en el momento, no me importaba nada.

Llegó un tiempo en que la situación se me hizo  insostenible:
¡O lo dejaba, o dejaba lo demás!
Dejé lo demás. Terminé con mi profesión y me dediqué a él cada vez más tiempo. Es cierto que la decisión me hizo perder  algunas cosas y varios amigos, pero encontré  muchos otros y gané enormes horas maravillosas llenas de pasión.  Al principio pensé que era una locura pasajera, pero no ha sido así. Como toda relación tiene sus altibajos, pero el amor sigue intacto y  no lo cambiaría por nada. .

Todo empezó, cuando tomé mi primer clase y me enamoré del tango. 
 

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ME GUSTA LA GENTE
Me gusta de las clases el que sabe, el que no. El que abraza y el que escapa con o sin razón. El que charla, el silencioso, el tímido y el seductor. Me gusta el que sonríe, el parco y el preguntón. El curioso y el desvelado por encontrarle a cada paso una explicación. Me gusta el callado, el observador. El que tiene ritmo, y el que nunca llega al son. El elegante, el no tanto, el que se perfuma para la ocasión. El que se emociona con la orquesta y el que dice: “Sacá esto que lloro de dolor”. Me gusta el que me cuenta de dónde viene y por qué llegó. Me gusta ese encuentro que existe entre alumno y profesor. Porque mientras la clase transcurre, no importa cuál es el rol. Me gusta mirar esa imagen que se repite en cada reunión. La reunión de los abrazos, no tiene edad ni condición.  
Natalia G. Puccioni

 

 

 

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